Hará unos cinco años, cuando apenas comenzaba a romper algún que otro plato,
encontré cobijo entre las sábanas de un muchacho agradable y de buenas maneras.
No era guapo pero resultaba francamente atractivo. Tenía algo especial que lo
hacía diferente. No sabría decir el qué pero si el dónde : ¡gran parte
de ese algo especial lo tenía entre las piernas! Durante los meses en que nos
estuvimos viendo, me extasiaba en la contemplación de su verga enhiesta, como
si de un tótem sagrado se tratara, mientras lamía con júbilo sus genitales.
Después, de un salto, me colocaba sobre su abdomen para, con soltura,
encapucharle a tientas, con los brazos en la espalda y las manos ofuscadas en
desenrollar el látex. Luego, ya encajados, clavaba mis rodillas sobre sus
costillas espoleándole, como si tratara de domar a un potro salvaje. Me
encantaba cabalgar desnuda sobre él, como una Sioux, melena al viento, sobre un
caballo sin monturas. Él gemía de placer, se quedaba sin aire, exultante y lleno
de vida. Yo me abatía colmada, extasiada sobre el corcel domado, a horcajadas,
convulsionando de placer.
Me encantaba follar con él pero nuestros planes no iban en paralelo. Yo por
entonces empezaba en esto de la búsqueda de la realización hedónica (esa manera
tan poética de decir vicio), él quería una relación romántica. Cuando
empezó a introducir sistemáticamente diminutivos absurdos en nuestras
conversaciones banales lo tuve claro Sutilmente, renunciaba a todos sus planes
más formales haciéndome la desinteresada. Como la sutileza no bastó, me las
ingenié para que presenciara en vivo y en directo la escenificación de lo que
ya empezó a llamarse la putivuelta. Le quedó claro, al ver que me iba
con un guiri pelirrojo delante de sus mismas narices, que yo lo que buscaba era
sexo sin ataduras. Estuvo de acuerdo con ello unos meses, luego desapareció.
Supe de él al cabo de un tiempo, por lo visto había conocido a una chica que
le correspondía. Era una tal Sonia, agradable y de buenas maneras, amante del
hogar, fan de El Canto del Loco y adicta a los 40. Una chica sosa
que seguramente no supo sacar partido a la fuente de placer con la que dormía
cada noche; una mosquita muerta con un cementerio por vagina.
Hace unas semanas salí con Carmen Palmas, Mamén Mela y unas amigas más
suyas. Fuimos a una de tantas discotecas de pachanga en que una tiene
que quitarse los moscardones a manotazos aunque sea bizca y tenga bigote. Ahí,
entre la inmundicia, estaba mi antiguo semental. Con unos kilos más en la
barriga y el pelo más corto, pero con la misma mirada anhelante y directa y ese
algo especial que rellena y da consistencia a su bragueta. Hablamos un rato,
estuvo torpe, lento, y sin gracia, insulso, perdiendo encanto por momentos. Sin
embargo, yo estaba cada vez más perra, relamiéndome mientras me
imaginaba, golosa, lamiendo ese capullo sonrosado y húmedo. Mojamos el
encuentro yendo a su casa, donde todavía podían verse los restos del naufragio
de su relación con Sonia en forma de fotografías y algunos objetos difícilmente
masculinos. Cabalgamos en honor de los viejos tiempos, pero aunque su polla
mantenía la consistencia, tamaño y grosor de antaño algo no acaba de encajar.
El mástil se mantenía firme al azote de mis embestidas, a la tormenta de mis
refriegas, pero aquello más que un potro salvaje desbocado parecía un pony
caminando en círculos guiado por una cuerda sujeta a un tocón. Sus manotazos
eran torpes y secos; sus caricias, inexistentes. Sus gemidos, apagados,
revelaban cierta desconocida represión. Llegaba siempre (y en todo momento)
tarde y mal. Estaba totalmente superado, fuera de juego, sin ningún control
sobre la situación y sin el menor atisbo de querer recuperarlo. Se había
olvidado de follar, era aburrido, era simplemente uno más. El caballo indomable
era ahora un burdo asno, un animal torpe con una verga descomunal, tan
grande como inútil.
¡Está bien, está bien! Puede que esté siendo cruel. La verdad es que el
chico se comportó dentro de unos límites. ¡No fue tan malo! Yo gocé lamiendo
sus huevos y acariciando ese cetro de poder que tiene entre las
piernas. No lo negaré. Pero desde luego, no satisfizo mis expectativas. Él
seguramente lo pasó mejor que yo y eso que se lleva… El problema es que yo no
encontré lo que buscaba, anhelaba un polvazo, sexo elitista, y me
encontré con un polvo mainstream cuando no tocaba. Quizá (puede ser)
sucede que exalté el recuerdo en mi memoria, que hace 5 años no era para tanto
y que ahora me doy cuenta. Quizá (seguramente) lo que ocurre es que no
siempre quien tuvo retuvo. Yo me inclino por lo segundo, no os engaño. En
cualquier caso, una verdad prevalece: el tamaño sin control no sirve de nada.
Basado en pechos reales,
por CARMELA PELAS.

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