miércoles, 1 de abril de 2015

De putivuelta: Bob Esponja

Todo se nubla en mi cabeza. Todo es nada. No hay lógica. Fuimos a su casa. Me dejé llevar. Vivía en un lugar extraño y submarino, Diría que era una piña. Al entrar, su perro caracol nos saludó. ¿O era un gato caracol? Puso algo de música. Los altavoces vibraban. Pronto todo se llenó de medusas ávidas de fiesta. Los bajos de la música electrónica se sincronizaron con la melodía de breves y nerviosas inspiraciones. Alargó su delgado brazo y me llevó a través de la sala hasta una habitación situada en el piso de arriba. Allí nos quedamos solos. Nos fundimos en un abrazo suave, húmedo y esponjoso. Lamí su enorme cara, palpando torpemente cada uno de sus poros, redondos como en un enorme queso de Gruyère. En un movimiento rápido que casi pasó inadvertido se quedó desnudo, dejando sus pantalones cuadrados sobre una silla, cerca de su cama. Me abalancé como una perra en celo sobre él, apretando todo mi cuerpo contra el suyo, sintiéndome absorbida sin más por toda su anatomía esponjosa.

Follamos mucho. Follamos sucio. Pasé mi coño por sus ojos, siempre abiertos, como una babosa. Lamí cada uno de sus orificios, mientras sentía en mi lengua el sabor salado del agua marina que se filtraba por su cuerpo amarillo. Me penetró, su polla se expandía en mi interior y se empapaba de mi olor. Dentro y fuera y de nuevo dentro, duro y fuerte, suave y blando. Me lamía con fulgor. Y yo gozaba, gozaba como una sirena follada por primera vez. Deseaba desovar sobre él un caviar divino. Flotábamos, como los peces, en el elixir del orgasmo. Se agachó, contempló mi coño con sus ojos saltones, con sus enormes pupilas. Hizo caracolear su nariz respingona alrededor de mi clítoris, mientras urgaba con sus dedos en el orificio de mi ano. Sentí como si el mismo Poseidón me estuviera haciendo un cunnilingus, mientras me penetraba analmente con su tridente. Me agarró las nalgas y con una violencia contenida introdujo su amarilla nariz, alargada como una barracuda, en mi coño, húmedo y expectante. Respiró fuerte dentro de mí, se llenó de mi esencia. Convulsioné de placer. Me corrí. Sentí como todo él absorbía mis fluidos. Lamí de nuevo su cuerpo, entre estertores de júbilo, sintiendo, al hacerlo, que lamía el mío propio; apreciando el sabor de mi propio éxtasis. Me sentí feliz, feliz con una esponja, con una enorme esponja amarilla llamada Bob. El tripi que me dio Trini Menroto al principio de la noche era bueno, muy bueno. Las rayas de eme que nos metimos en el bar eran fantásticas. Pero lo que sin duda me estaba sentando de fábula era el sello de LSD que me había ofrecido un tal Roberto, amigo de Mamén Melas, una hora antes, cuando recién salíamos del after, camino de su casa, para follar.

Salí de aquella piña bajo el mar, buceando hasta el metro, rodeada de peces y anfibios, hasta que por fin llegué a mi casa. 16 horas después me desperté con la sensación de recién follada en el cuerpo y una sonrisa de oreja a oreja que no sabía muy bien a quién o a qué agradecer. Tiempo después volví a ver al tal Roberto, hablamos de aquella noche entre risas imprecisas. Follamos. No volvió a ser lo mismo.


Basado en pechos reales,
por CARMELA PELAS.

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